Hoy despues de clase, volví en bus. Tenía prisa porque tenía que ir a clase a Pontevedra, así que volví a usar mi querido bus, vehículo en el que pasé gran parte de años anteriores.
Subí con los cascos puestos y la música alta, como siempre. Me dirigí a atrás de todo, como siempre. Me disponía a estudiar a las personas que allí viajaban, que subían y bajaban. Tambien como siempre. Pero entonces una chica peliroja, de bonitos ojos azules, me miró.
Estaba sentada delante mía. Iba enviando un mensaje con el móvil, y tambien llevaba cascos. La siguiente vez que cruzamos miradas, un buen rato despues, ella lloraba. Pañuelo en mano, lágrimas en los ojos. En sus bonitos ojos, ahora surcados por sanguinolentas grietas rojas, que los estropeaban. Ya no tenía móvil en la mano, ni tampoco los cascos puestos. Solo un pañuelo.
No estaba haciendo una escenita. Estaba haciendo una escena.
Lloraba en silencio, incluso intentando no hacerlo.
Pero sus lágrimas, desobedientes, salían fuera a una fiesta privada, a la que ella no estaba invitada.
El resto del bus la observábamos en silencio, haciéndole compañía, maquinando hipótesis.
Mientras se bajaba en mi misma parada, negaba con la cabeza, mientras farfullaba algo. Antes de alejarse, pude ver los ojos una vez más, ahora puro fuego, hace un rato puro mar.
Al volver de clase, la volví a ver en otra parada. La encontré tres horas más triste, media hora más cansada y 20 años decepcionada.



Maravillosa ultima frase.